ENERO 2004


70. Hacer pronósticos

Como todo el mundo sabe, el espíritu humano ha estado indagando en todo momento qué va a ocurrir en el futuro. Temeroso de la ira y el malhumor de los dioses, a los que siempre creyó como muy propensos a fastidiar, desde el principio ocupó parte de su tiempo en averiguar los acontecimientos que aguardan a la vuelta de la esquina. La cuestión no era una bagatela sino una de las tareas más importantes de su vida. Si uno se entretiene leyendo libros sobre los antiguos, tendría muchas dudas sobre cuál fue la profesión más antigua de la humanidad.
         En esta ocupación se buscaban los momentos más favorables para hacer las predicciones porque en el fondo, aunque normalmente casi nunca se dijera así, de lo que en verdad se trataba no era tanto de saber lo que iba a pasar cuanto del intento de evitar el porvenir si se presentaba malo o, al menos, arreglarlo lo más posible. En el fondo lo que importaba era sacudirse las desgracias que el vaticinio pudiera predecir.
Bastantes eran los problemas que resolvían estos pronósticos pero muchos otros lo que presentaban, especialmente cuando se producía contradicción entre dos augurios. Menuda discusión si el croar de las ranas anunciaba victoria pero las vísceras de las aves aseguraban una derrota sin paliativos. O si el canto del ruiseñor prometía una boda feliz pero el sentido del humo del fuego sagrado presagiaba riñas y disputas sin fin.
El caso es que, pasados los siglos, seguimos haciendo lo mismo, tratando de librarnos de lo mismo y ocupándonos de lo mismo. Lo único que nos diferencia de los antiguos son las técnicas y los procedimientos pero en todo lo demás estamos como siempre. ¿Qué hacer cuando dos pronósticos nos vaticinan lo contrario?
Pongamos un ejemplo: en Agosto los cantos de sirena nos aseguraban que el Real Jaén, con el equipo que había formado, jugaría la liguilla de ascenso. En la mitad exacta del camino en que nos encontramos el demonio de los números dice que de eso nada y ayer se confirmó de nuevo. El mismo problema que los antiguos. Que ¿cómo lo resolvían? Lo sabremos de manera absolutamente segura en el próximo mes de Junio cuando acabe la competición.

5 de Enero de 2004.                   Extremadura, 2; Real Jaén, 1.


1. Si se pueden exigir resultados 

La pregunta es compleja y difícil de contestar: ¿qué resultados tienen que exigirse por su actividad profesional a los futbolistas, y en general a todos los deportistas, en el momento de la competición? Que el futbolista, y el entrenador por supuesto, es un trabajador que cobra un sueldo por realizar un trabajo nadie lo duda. Entonces ¿qué provecho o beneficio tiene que producir su esfuerzo? ¿Tal vez el triunfo como la única forma de hacer su tarea, de responder a ese salario y de cumplir su compromiso laboral?
Esta es la cuestión. Porque en cualquier trabajo profesional se reclama, como no podía ser de otra manera, un determinado rendimiento. No tendría sentido otra cosa y ningún trabajador, salvo en casos excepcionales, puede argumentar al término de su jornada que la mala suerte o el azar le han impedido hacer aquello que debía hacer. Y menos aun si esta explicación se convirtiese en habitual. Pero en el deporte ejercitado no por placer sino como producto de un contrato laboral, ¿se puede hacer lo mismo? ¿cabe plantear las mismas exigencias?.
La pregunta de todas formas también vale para otros profesionales a los que en principio la sociedad y las leyes únicamente les reclaman que hagan lo posible para que las cosas salgan bien pero nunca resultados positivos automáticos. El caso, por ejemplo, de un abogado a quien no se le impone que gane el pleito o a un médico a la hora de curar una enfermedad. Mientras que, por el contrario, a un arquitecto no se le perdona que se le caiga una casa. De donde se puede deducir que hay dos clases de trabajos: uno es el de aquellos en los que tiene que haber resultados tangibles y objetivos (hacer un coche, encuadernar un libro, pintar una casa o poner ladrillos en un edificio a construir...) que son la mayoría; y otros en los que los protagonistas sólo tienen que hacer el esfuerzo, aunque al final no se produzca el resultado deseado.
¡Qué mala pata para todos, incluidos los jugadores y el entrenador, que en el fútbol el resultado, porque no es automático, no sea exigible!

12 de Enero de 2004.                       Villanovense, 1; Real Jaén, 2.


 72. Ir de visita

Nos ocurre, con más frecuencia de lo que nos gustaría, que tenemos la mala pata de hacer el ridículo precisamente cuando más necesitamos el triunfo o, al contrario, pasar como reyes en momentos de escaso interés para nuestro provecho. Bien es verdad que siempre resulta grato quedar bien, sea donde y como sea, pero todos vivimos ocasiones en las que nos fastidia especialmente que las cosas se nos tuerzan o nos proporcionen algún que otro disgusto. Y una historia de este calibre le está pasando factura de manera habitual al Real Jaén esta temporada.
Porque lo lógico es pensar, y todos estamos seguros de ello, que el equipo esté interesado, muy interesado, en hacer las cosas bien cuando juega en casa, ante sus seguidores y aficionados. No se trata de jugar mal en campos ajenos pero eso de demostrar a los nuestros lo listos y lo sabios que somos es una tendencia natural que todos poseemos y no vale aquí el dicho que asegura que donde hay confianza, da asco. Pero la verdad es que, salvo en un par de casos que es mejor olvidar, el equipo ha realizado a domicilio partidos que ya quisieran conjuntos de primera categoría. Es probable que quienes asisten con regularidad al campo de La Victoria puedan tener sus dudas, pero los que han tenido la oportunidad de verles jugar fuera más de una vez pueden dar fe de la calidad técnica, la belleza, y el buen juego de todo el equipo, a veces al margen del resultado. Los dos últimos partidos (Almendralejo y Villanueva de la Serena) son un estupendo ejemplo.
¿Por qué ocurre este fenómeno? ¿qué razones puede haber para este cambio de fisonomía? ¿será que les pasa lo que a todos que, cuando estamos de visita, parece que nos esforzamos más para quedar mejor?.
¿No será que están enfadados con nosotros y no lo sabemos? ¿habrá por ahí algún demonio maligno incordiando? ¿acaso el estadio tiene un gafe de mala sombra? ¿los estará fastidiando el inconsciente? ¿será consecuencia de cuestiones estratégicas?. Ayer pudo causarlo el aire frío de Jabalcuz pero ¿en otras ocasiones?. Ya tienen tarea a investigar los técnicos.

19 de Enero de 2003.                    Real Jaén, 1; Ceuta, 1.


73. Los buenos modales

En el fútbol no siempre reinaron los que hoy llamamos buenos modales. Cuenta el escritor uruguayo Eduardo Galeano que, durante la Edad Media, el fútbol dejaba un tendal de víctimas. Se disputaba en montoneras y no había límite de jugadores ni de tiempo ni de nada. Un pueblo entero pateaba la pelota contra otro pueblo, empujándola a patadas y a puñetazos hacia la meta que, por entonces, era una lejana rueda de molino, y que los partidos se extendían a lo largo de varias leguas, durante varios días, a costa de varias vidas. Todas estar circunstancias motivaron que los reyes ingleses prohibiesen en más de una ocasión estos lances sangrientos por plebeyos, alborotadores, estúpidos y de ninguna utilidad, aunque reconoce el propio autor que cuanto más lo prohibían, más se jugaba.
         La verdad es que la cultura, por una parte, y la evolución de la vida, por otra, han ido después cambiando este panorama, dulcificando las normas y las leyes de este deporte, haciéndolo cada vez más templado y más educado, aunque en algunos casos, como en el del penalti, se haya ido hacia atrás en cuanto a gentileza: todavía pueden recordar los mayores cómo, hasta  no hace demasiadas décadas, cuando un jugador marcaba un gol de penalti, por respeto al portero contrario, nunca lo celebraba. El caso es que, como no podía ser de otra manera, el fútbol se ha ido humanizando y racionalizando con reglas del juego que en nada tienen que ver con lo que cuenta el escritor uruguayo.
Además este proceso también ha afectado a la vida social que se ha creado en su entorno y han aparecido rituales y costumbres la mar de interesantes y positivas. En la circunstancia de un partido como el de ayer entre el Linares y el Real Jaén, después de animar el ambiente para que la gente acudiese vibrante al partido, todo han sido llamadas a las buenas formas y al respeto al contrincante, incluyendo comidas y ritos de armonía y amabilidad. Como debe ser. Y, desde la estrategia y la táctica hasta el destino, todos han querido sumarse a ese clima, tratando de que nadie metiera un gol y fastidiase el ambiente. Son los buenos modales.

26 de enero de 2004.                          Linares, 0; Real Jaén, 0.